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| Barco sin lastre no navega |
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| Miércoles, 17 Marzo 2010 |
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por ELFER El episodio tuvo lugar hace unos días, y podría haber ocurrido en cualquier otro escenario distinto, en cualquier parte. Una tarde fría de febrero, lloviznando y con un viento gélido que cortaba resuellos, caminábamos mi mujer y yo por una estrecha acera, dirección a casa. Íbamos cogidos del brazo, de modo que casi ocupábamos la totalidad del espacio con el que contaba la acera. A lo lejos advertí -sin mérito alguno por mi parte, dado el tono, el volumen y los gestos empleados por ella-, una pareja que se aproximaba en nuestra misma dirección, igualmente cogidos del brazo, ya que supongo que las inclemencias del tiempo invitaban a ello también en su caso.
El perfil era propio de estos lares. Unos cincuenta largos, bien arreglados ambos, chaquetón de pieles ella, pintura de guerra, peluquería reciente y tono elevado y amenazador, que se podía escuchar a varias leguas de distancia, y cazadora de piel negra él, pantalón oscuro, impasible en su ánimo y encajando el sermón como un penitente. Como si lo moviera hacia adelante la resignación de lo inevitable. Antes de llegar a nuestra altura, y si la acera ya de por sí era estrecha, advertí como una valla de obra cubría casi la mitad de su anchura, colocada para señalizar un tramo de fachada en mal estado. Mi mujer, que también había advertido su presencia, descendió de la acera con absoluta normalidad para que, llegado el momento, fuera posible que los tres pudiéramos pasar por ese estrecho margen debidamente alineados. Y así lo entendió también el hombre, que sin más, y al llegar a mi altura, se paró, retrocedió levemente, y poniéndose tras su mujer, permitió que ella y yo pasáramos por ese angosto tramo. Hasta aquí todo normal, claro. La sorpresa vino después, o mejor dicho, casi al tiempo de producirse la coincidencia en el cruce. La buena mujer, que no había dejado de hablar en ningún momento desde que advertí su presencia, tan pronto advirtió la maniobra de su compañero para posibilitar el paso, con un tono aún más desagradable del que ya empleaba en su exposición monográfica, espetó displicente y desagradable a su consorte: - ¡¿Pero qué haces?! ¿Por qué te paras? Él no contestó. O al menos yo no oí nada. Y en ese momento, de no ser por el lastre de educación humanista y cristiana que uno ha tenido la suerte o la desgracia de recibir, me hubiera encantado darme la vuelta y espetarle a la doña. - Se para, grandísima hija de puta, para dejarme pasar, porque tiene educación, cosa que tú, como es evidente, no has tenido en la puta vida. Y así proseguimos, camino de casa, yo rumiando el despecho de la arpía como propio, y lamentando grandemente en ese momento no ser un cabrón talibán para haber ajustado cuentas con la eriza. |
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