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| Fortuna non omnibus aeque |
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| Miércoles, 21 Abril 2010 |
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por ElFer La suerte no es igual para todos. Como en una especie de simetría histórica, como un bucle de nosotros mismos tiempo atrás, llegaron sin hacer ruido para quedarse. Huían, como nosotros, de la miseria y la desolación de una tierra que ya no albergaba su futuro. Ningún futuro. Reunieron los últimos despojos de firmeza que les quedaban, y fiaron su suerte a la cara de una moneda al aire. Primero invisibles, luego sorprendentes, llamativos, casi exóticos en nuestra habitual parquedad de miras, y finalmente molestos, excesivos, demasiado notorios y turbadores de nuestra tranquilidad, pasaron de resultar solución y alternativa a convertirse en problemas, en fuente de conflictos, en amenaza y competencia seria para un trabajo en peligro de extinción. Atrás quedó el crecimiento, la natalidad y la sostenibilidad que su explotación barata y asumible suponía. Más madera, sin paños calientes, y mientras el cuerpo aguante. Poco importaba su encaje en el escenario general, con sus lógicas consecuencias para otros ámbitos –salarios, formación, calidad, competitividad-, si los sectores que los demandaban estaban focalizando una actividad que no podía ser mantenida, si el beneficio generado por su bajo coste revertía de algún modo en el sistema –o sólo en los bolsillos de algunos-, si su integración en una estructura totalmente desequilibrada era real o ficticia, y mucho menos, las consecuencias que podría tener un estallido en la caldera, me importa un carajo por qué maldita causa. Y para variar, aquí nadie sabe nada. Y entonces llegó el llorar y el rechinar de dientes. A encajar toca, claro, y ahora falta pescado para tanto gato. Y como éstos no van a volver en tren de Suiza ni de la vendimia en Francia al pueblo de mierda que dejaron atrás, porque sencillamente no pueden, habrá que hacerlos desaparecer. Se acabaron las oportunidades. Ya no queda sitio para nadie, y lo que ayer no nos valía -esos trabajos indignos que repudiamos sin recelos- hoy bien nos puede apañar, aunque sólo de momento, claro, mientras dure el chaparrón. Tiempo habrá de volverlos a llamar, cuando las tornas cambien. Y entonces a lo mejor, y en otra de esas simetrías de la historia, es a nosotros a los que nos vuelve a tocar coger el hatillo.
“El mundo está lleno de orillas y de ríos que corren entre una y otra, de hombres y mujeres que cruzan puentes o vados sin percatarse de las consecuencias del acto, sin mirar atrás o bajos sus pies, sin moneda suelta para el barquero”.
Arturo Pérez-Reverte. El club Dumas. |