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| Quevedo Poeta |
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| Jueves, 01 Julio 2010 |
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por Castellio
Dicen los entendidos que para hacer buena poesía hay que saber equilibrar tres elementos: pensamiento, sensación y lenguaje. En el caso de Quevedo este equilibrio es excepcional. El pensamiento es su primera grandeza. Es un trasunto de su personalidad desmesurada y dolorida. Heterogéneo, complejo, original, Quevedo abordó con maestría temas tanto metafísicos como burlescos. En los temas metafísicos vuelca su angustia vital, su lúcido y dolorido conocimiento de la brevedad de la vida, consolado únicamente por la certeza de la perdurabilidad del amor más allá de la muerte. En los temas burlescos deja patente su desengaño moral ante la naturaleza humana y ante la sociedad que le rodea. Para dejar patente su pensamiento, su motivo poético, lo expone con firmeza, sin rodeos ni adornos en los versos iniciales: “Vivir es caminar breve jornada” “Sólo sin vos y mi dolor presente” “Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día”
“Cualquier instante de la vida humana
es nueva ejecución, con que me advierte
cuan frágil es, cuan mísera, cuan vana.”
“No verán de mi amor el fin los días; la eternidad ofrece sus blasones a la pureza de las ansias mías”
La sensación. La voz que vibra en sus sonetos es inconfundible. En los de corte metafísico transmite la idea de movimiento constante, de dificultad, de actuación de fuerzas contrarias que se debaten en su alma. Siempre resulta trepidante y profundo, aun en los estrechos límites métricos de un soneto. En el ámbito de lo burlesco destaca su humor, su ironía inagotable que todo lo alcanza.
Para comprobar la sensación que produce su poesía podemos sentir la idea de movimiento y de tensión leyendo estos cuartetos: “¡Cómo de entre mis manos te resbalas!
¡Oh, como te deslizas, edad mía!” ¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría, Pues con callado pie todo lo igualas” “Nació monarca del imperio mío
la mente, en noble libertad criada; hoy en esclavitud yace amarrada al semblante severo de un desvío.” El lenguaje. Quevedo destaca por su genio verbal; trabaja el idioma, lo malea y lo transforma para expresar la intensidad de su sentimiento. Su poesía contiene más sustancia que palabra. Cuando desgrana sus sonetos metafísicos, condensa y desnuda el lenguaje, desdeñando lo que no es esencial. Confía en la fuerza expresiva de los sustantivos y los verbos y aligera sus versos de adjetivos. En cambio en su versión satírica actúa de forma contraria, y acumula una exuberancia de imágenes completamente desbordante. Respecto al lenguaje poético, la importancia de los verbos y los sustantivos y la carencia de ornamentos y florituras, provocan una evidente dificultad para hacerse accesible al público. Pero una vez desentrañado resulta insuperable, genial. “Fuego a quien tanto mar ha respetado, y que, en desprecio de las ondas frías, pasó abrigado en las entrañas mías, después de haber mis ojos navegado merece ser al cielo trasladado, nuevo esfuerzo del sol y de los días; y entre las siempre amantes jerarquías, en el pueblo de luz, arder clavado”
En el segundo, expresa que debido al esfuerzo y al sufrimiento real que ha sentido amando, el amor reinará entre las cosas inmutables y eternas. |